Estando sentada, vi la vida pasar. Todo aquello que odiaba de mi, así como admiraba, se reflejo en todas las cosas sin poder hacer nada. Era una muñeca a merced del destino, una simple espectadora de los acontecimientos mas mundanos.
Fui escarabajo, hormiga e incluso águila que sobrevolaba la libertad de estar a tanta altura. Sentí como todo estaba conectado a todo a pesar de la distancia y el tiempo. Lloré y reí, y por instante en la fugacidad del tiempo, fui todo y nada. Me quedé en limbo de algo que no supe identificar, sabiendo que era donde tocaba estar.
Caminé por tu tierra, por el surco que dejó la energía. Me adentré por
tus senderos oscuros sin saber que me llevabas a los míos. Sin saberlo,
me cobijaste en las sombras de los pliegues de la consciencia. Allí me
hiciste recordar lo que siempre fui: insignificante y vulnerable. Me
desgarraste de mil formas dándome luz y oscuridad, sol y noche, lluvia y
aire. Creí peinar con los pies la historia de tus senderos sin saber
que tú caminabas los míos. Me vacíe al contemplar tu belleza y poder,
desgarrándome las entrañas de alegrías y tristeza, y así las engulliste
en tu tierra, al lugar de donde venimos. Me abrazaste cada amanecer con
los rayos de luz, me acunaste con la nana de los insectos y me
acariciaste con cada brisa de las montañas. Gracias por recordarme
Madre,que somos tus hijos de consciencia amados.