Adoro viajar. Creo que de cada viaje te traes algo contigo
que perdura toda la vida. Es posible que estéis pensando en los souvenirs y si
es así, no son los que todos tenemos en mente. Nada tiene que ver con esas
figuritas ni imanes para la nevera. Hablo más bien de esos pequeños detalles
que te suceden mientras paseas, tomas algo o simplemente te sientas en un rincón
de la ciudad.
Esta historia tiene como escenario Marrakech.
Destino
elegido para la celebración de una historia de amor. Ha sido mi
viaje de luna de miel.
Saboreando los últimos dias del viaje, me llamo la atención una plaza, varios cestos y un adolescente.
Hay una pequeña plaza, entre las calles de la medina, que
casi todo lo que venden son productos hechos con mimbre. Mi marido y yo
decidimos hacer un poco el turista y sentarnos en la terraza de un bar a
tomarnos unos zumos. Delante nos quedaba, algunos puestos de los antes
mencionados. Era ramadán, así que “cerraban antes” y era hora de recoger. Una
chica de las mesas vecinas se levantó y compro su mensaje positivo cosido en un
cesto de mimbre. Me quedé mirando la escena entre el adolescente de piel
tostada y la turista blanquecina. Dos mundos tan diferentes, tan distintos, tan
abismales. Pregunté en voz alta a mi marido si ese chico sabía que significaban
todos aquellos mensajes en los cestos: Madame à la plage, La vie en rose. ¿Tendría oportunidad de ver algún
día la playa? ¿Y vivir una vida rosa? Describiendo la escena, aquel chico seguía
la herencia de la familia, allí estaba su madre, como jefa de aquel puesto,
recogiendo juntos sus enseceres de subsistencia. Recogiendo sueños e ilusiones que
tal vez nunca tengan oportunidad de saber que son. Atados al tiempo y un lugar
dentro de aquella plaza.
Allí sentada en la terraza como una turista más, junto a la
barrera de seguridad que te otorga, me hizo reflexionar el destino caprichoso de
haber nacido en un lugar o en otro. Y donde tal quien sabe, yo no sea menos
esclava que ellos en mi mundo.