En la elegancia de sus pasos, como si un fantasma habitara las montañas decoradas de nieve, se observan las huellas de una fiera que observa.
Unos ojos miran la danza de las diferentes almas que se atreven a caminar por las cumbres de sus tierras. Impasible y relajado se difumina ladera abajo deseando explorar caminos sin machas, siendo él el atrevido que traza a Madre.
Apareció de entre la nieve mirando sigiloso el cuadro que veía delante de si. A medida que avanzaba en el poema de sus movimientos, me quede petrificada como cual cervatillo apunto de contar sus últimos minutos. Deslumbré un gran felino vigoroso y ágil, seguro de su voluntad. Aún no supe discernir si entre sus motas y su gran cola que le faltaba a aquel gran gato.
Millones de copos de nieves han visto sus ojos, cientos de inviernos le ha protegido su abrigo y miles de átomos han formado su camino en el paraíso del reino de las cumbres.
Por un momento, me quedé hipnotizada queriendo alarga la mano y tocarlo. Acariciarlo como se hace con un felis catus. Cuando me di cuenta, en mi regazo yacía dormida el rey. Mis manos se mecían como los remos de una barca sobre su pelaje.
Todos miramos pero pocos ven. Huellas de humanos que atraviesan tu sendero y pocos saben que lo son. Ya no hay vuelta atrás, el leopardo de las nieves ha visto lo que el dragón custodia al mundo.
Continuará...
