Vemos huellas hundidas sobre el agua cristalizada en la piel de
nuestra madre. Tantos camino y tantos pasos a la vez que nos hace
difícil ver cuales son los nuestros. Mezclas de marcas y signos que
se dirigen a objetivos diferentes. Me agarraste de la mano
y bajé mis ojos llenos de estrellas a tus dedos entrelazados entre
los míos. Con una sincronicidad natural que otorgan las muchas vidas
que hemos estado juntos, en silencio alzamos nuestros ojos al puente
que se transformaba ante nosotros: etéreo y resiliente. Decidimos
poner en funcionamiento el motor de nuestras piernas e iniciamos el
camino a lomos de una larga columna vertebral de algún ser vivo
sempiterno. Entonces, mi mirada encontró la tuya y tu mano encontró
mi mechón caído sobre mi cara. De golpe, entre risas y sueños,
nos ilumino nuestro padre para susurrarnos “hasta luego” dejando
un reguero de luz entre la nieve y hielo que se ocultaba entre dos
hermanos que una vez besamos con nuestros pies. De tus labios salió
un sonido melifluo del cual se podía leer mi nombre entre montañas,
nieve y arrebol. Allí el corazón volvió a latir, sintiendo el
flujo sanguino elevarse y brotar con fuerza. Nuevamente volviste a
endulzar tu labios con mi nombre y los míos articularon el tuyo en
el marco de nuestro jardín. Solos tu y yo para convertirse en
nostros.
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